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Orígenes e historias de los días de muertos en México

Publicado en: Revista de la Universidad de MéxicoAutores: Roberto Martínez González y Rocío MazaFecha de publicación: Octubre 2023 “Nuestro culto a la muerte es culto a la vida”, escribió Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad. Por la manera en la que celebramos la muerte, los mexicanos nos convertiríamos en aquel pueblo que, en lugar de temerle, la conmemora con felicidad. ¿De dónde viene esta actitud ante el deceso? Las opiniones se dividen entre un origen prehispánico y otro cristiano. Entierros prehispánicos Desde el Pleistoceno —alrededor del año 13000 a.C. — en las cuevas de lo que hoy es Quintana Roo, se desarrollaron rituales ligados a la defunción. En el Preclásico prehispánico —entre 2000 a.C. y 200 d.C. —, aparece una amplia diversidad de tradiciones funerarias regionales: entierros bajo las casas en el centro de México o sepulturas en espacios alejados en el Occidente del país. En el periodo Clásico —200 a 900 d.C. — destacan las variaciones en las imaginerías mortuorias: mientras la iconografía maya abunda en representaciones de inframundos acuáticos poblados por animales y seres semidescarnados, las maquetas de las tumbas de tiro1 se limitan a replicar la existencia de los vivos. ​Los relatos de viajes a espacios míticos son frecuentes en los documentos sobre las civilizaciones prehispánicasque se redactaron tras la Conquista. El relato de la travesía de los gemelos del Popol Vuh por el Xib’alb’a alude a ríos, barrancos y árboles espinosos, al cruce de un raudal de sangre y otro de agua y a la llegada de los hermanos a seis casas donde los señores de la muerte los ponen a prueba. Son también frecuentes en muchas zonas de México las menciones de difuntos que, transformados en animales, estrellas, dioses o montañas, intervienen en la existencia de los vivos. Miguel Díaz Reynoso, embajador de México en Cuba, y Sandra Lorenzano, directora de la sede UNAM Cuba ​Sobre las costumbres mexicas se describieron ceremonias a los fallecidos que tenían lugar en, al menos, nueve de las dieciocho veintenas del ciclo anual. En esos momentos, el pueblo guerrero del altiplano celebraba danzas, cantos y la confección de ofrendas que variaban en función de la clase social a la que pertenecían los muertos. En los códices Tudela y Telleriano-Remensis, algunos de los compiladores consideran que tales rituales eran análogos a las fiestas cristianas de Todos Santos y los Fieles Difuntos. Tal vez a partir de estas comparaciones es que nació la idea de las raíces prehispánicas de la celebración del Día de Muertos. Las costumbres cristianas Si bien la rememoración de los propagadores del cristianismo había sido importante desde el inicio del culto, fue en 609, cuando el papa Bonifacio IV instituyó el Día de Todos los Santos al dedicar el Panteón de Roma —que antes evocaba a los dioses paganos— a la Virgen y los santos mártires, para lo cual se trasladaron reliquias desde distintas catacumbas de la ciudad. En el siglo VIII se comenzó a honrar también a los apóstoles, los confesores y los justos. Gregorio IV (827-844) extendió la solemnidad a toda la Iglesia latina y desplazó la fecha al 1 de noviembre, la época del año en que los infieles solían celebrar ritos paganos por el fin de las cosechas. La fiesta integró, desde entonces, elementos celtas y romanos subsistentes en distintas regiones de Europa. ​            A finales del siglo X, San Odilón de Cluny asignó la fecha del 2 de noviembre para la conmemoración general de los muertos en la fe. La contigüidad con el Día de Todos los Santos, intercesores de la humanidad, propició que pronto la nueva fiesta fuera adoptada por otras congregaciones y diócesis. La idea del Purgatorio, aceptada por la Iglesia en 1274 y ratificada por el Concilio de Trento en 1563, también jugó un papel importante en la difusión de la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos, que se convirtió en una forma de socorrer a las almas en pena con rezos y limosnas. Así, los cristianos adquirieron la posibilidad de ganar la salvación para sus muertos y para sí mismos a través de la realización de obras pías. El sincretismo novohispano Con esos antecedentes, los evangelizadores en la Nueva España se encontraron en una compleja situación: si las semejanzas con los rituales prehispánicos facilitaban la difusión de Todos Santos y el Día de los Fieles Difuntos, esas mismas similitudes entrañaban el riesgo de confusión. Así se expresaba al respecto Diego Durán: “Como ellos tenían sus fiestas de difuntos, una de difuntos menores y otra de mayores creo —y sin creo— podremos afirmar que mezclaran algo de ello con nuestra fiesta de difuntos […] Preguntando yo por qué fin se hacía aquella ofrenda el día de los santos, respondiéronme que hacían aquello por los niños, que así lo usaban antiguamente”. ​La dedicación del día de Todos los Santos a los niños sería, a la postre, una de las particularidades que adquirieron en México estas celebraciones. ​Con la celebración de los días de muertos y la idea del Purgatorio, se propagó también la imaginería barroca: capillas y altares mostraban calaveras, esqueletos y una Muerte antropomorfizada (imágenes de raigambre prehispánica) asociados a las almas en el fuego siendo socorridas por santos. La finalidad era infundir en la población que vivía un complejo mestizaje, una conciencia sobre la finitud de la existencia y la necesidad de prepararse para la salvación. La fundación de numerosas cofradías de la Buena Muerte y de las Ánimas del Purgatorio contribuyó a mantener estos cultos en toda la sociedad y a tejer una red de solidaridad entre vivos y muertos, y entre ricos y pobres, a través de la caridad. En varias ciudades había animeros que, por las noches, recorrían las calles pidiendo, con una campanilla, limosnas para sufragio de las almas. Parece factible que de ahí se desprendieran, en parte, cultos populares como los del Ánima Sola o la Santa Muerte. La muerte barroca Durante la Colonia, las ceremonias a los muertos llegaron a extenderse por todo noviembre, “el mes